Piloto alemán de fórmula 1, siete veces campeón del mundo y considerado el dominador indiscutible de la especialidad de los últimos tiempos. En 1994 consiguió su primer título mundial, convirtiéndose a los veinticinco años en el más joven campeón de la categoría reina del automovilismo, con dieciséis días menos que el brasileño Emerson Fittipaldi.
Hijo del propietario de una pista de karts, a los cuatro años su progenitor le regaló un coche de pedales y, poco después, le acopló un pequeño y viejo motor. Michael Schumacher practicó con aquel artefacto durante un tiempo, hasta que su padre le regaló un kart de verdad, con el que a los quince años se proclamó campeón júnior de Alemania. Luego ganó otras muchas competiciones de esta categoría, como los campeonatos de Alemania y de Europa sénior en 1987.
Desde que firmó un contrato de 2.400 millones de pesetas anuales con Benetton pudo satisfacer todos sus deseos: viaja en un reactor privado, en su garaje tiene un Bugatti, un Mercedes, un Ferrari y un Ford Scorpio, mientras que en el puerto de Montecarlo, donde ha fijado su residencia, ya se balancea su segundo yate. Su figura, perfilada con muchas horas de preparación física en el gimnasio, comenzó a hacerse familiar en las portadas de las revistas.
Pero a pesar de su irresistible ascensión, es el arquetipo del piloto moderno: mantiene la cabeza fría y demuestra una madurez impropia de su edad. Lleva una vida ordenada en todo, desde el régimen alimentario hasta la preparación física, y dosifica su presencia en actos sociales. Superó en pocas semanas el shock que le produjo la muerte de su ídolo, y quizás esa seguridad en su buena estrella («No sirve de nada angustiarse con el riesgo de perder la vida, sobre todo en plena carrera», ha dicho) y la aceptación del destino («Mi muerte vendrá cuando esté escrita») es lo que le permite desafiar los límites con absoluta insolencia: «Rodar al límite es algo especial, cuando sientes que el coche va perfecto. La sensación que te da es un sentimiento maravilloso de autosatisfacción».
Aparte de la velocidad es un buen futbolista, sigue practicando con los karts de su adolescencia y le apasionan los deportes acuáticos y el ciclismo de montaña. En casa escucha música rock y se harta de pasta italiana, su comida preferida. Hace caso omiso a quienes le indican que tiene que ser más diplomático y menos distante, si bien parece que el primer título serenó sus ánimos.